Mostrando entradas con la etiqueta polémica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta polémica. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de mayo de 2013

Quiero tener un cultivo ecológico... ¿Y poder?


Tener un huerto ecológico no es tan fácil como decidir comprar semillas ecológicas, sembrarlas y recoger los frutos. En primer lugar, es necesario cumplir varias normas para que el Comité Aragonés de Agricultura Ecológica (CAAE) declare los cultivos como ecológicos. Un velador controla todo lo que se hace en el campo que se propone para ser ecológico y se analizan los productos. Cuando se cumplen los dos años de control, la tierra es ecológica y también los productos que salen de ella.

Pero estas trabas, que no son pocas, no son las únicas para los agricultores ecológicos. Aunque los cultivos de transgénicos tienen que estar rodeados por un perímetro de producto que no esté modificado genéticamente, por norma, en muchas ocasiones contaminan los cultivos ecológicos. 

Carlos Polo, técnico de la Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón (UAGA), explica dónde está el conflicto: “los problemas vendrían por contaminación de las producciones ecológicas por la polinización cruzada de la variedad OGM que contiene el gen MON810”.


“Según el Real Decreto de Coexistencia, debe haber una distancia entre cultivos, pero la distancia es ineficaz porque el polen vuela más de los metros que ponen. Realmente lo que tienen que tener es una “zona refugio”, para evitar que se creen  resistencias en la fauna hacia el gen insecticida” –explica Carlos Polo–, “es decir, si toda la zona tiene este gen, nacerán insectos resistentes a él. Para evitar eso se ponen zonas que no son transgénicas para que allí vivan insectos susceptibles al insecticida para que así no haya problemas de resistencias”.

La contaminación hace que los agricultores que consiguen que sus campos sean catalogados como ecológicos, solo puedan vender sus productos como convencionales. La contaminación es suficiente para que se descalifiquen para agricultura ecológica, pero normalmente no deberían ser lo bastante como para que sean etiquetadas como transgénicas  (debería etiquetarse como tal cuando superara el 1% de modificación genética). 

Las semillas ecológicas tienen un coste elevado que las convencionales; los cultivos ecológicos llevan más trabajo que los convencionales, y por tanto los productos resultantes de los agricultores ecológicos tienen un valor añadido que hace que sean más caros que los convencionales. 

Pero si tus cultivos, inicialmente ecológicos, son contaminados por transgénicos y pasan a ser convencionales… el producto final no se puede vender como ecológico, y el agricultor pierde dinero como consecuencia de esa contaminación de la que hablamos. 


Juan Carlos Simón es agricultor desde siempre: cosecha más de 500 hectáreas de cultivos ecológicos y convencionales entre forrajes, cereales y leguminosas. Lleva más de veinte años trabajando el campo sin utilizar insecticidas ni fungicidas. Sin embargo, su cultivo no es ecológico: ha sido varias veces contaminado. “La agricultura convencional solo me ha creado problemas de salud y de ética; es rentable, siempre y cuando no te contaminen, y te ayuden tal y como se ayuda al convencional. Hago agricultura ecológica sin declarar y la vendo como convencional”. 

En la práctica, ¿qué es más rentable, el cultivo de transgénicos, el  convencional o el ecológico? “Los transgénicos nunca dan más cosecha que sus isogénicos convencionales. Si se trabaja adecuadamente, cualquier buen maíz convencional puede producir más que el transgénico. Esto lo han comprobado muchos agricultores grandes ya y han vuelto a utilizar el cultivo convencional”, explica Juan Carlos. “El ecológico tiene otro mercado y otro sistema: no es comparable. En ecológico sin gastar sacar la mitad puede significar sacar el doble de dinero, siempre y cuando no te contaminen”.

Esta situación genera muchos problemas entre agricultores de cultivos ecológicos y agricultores de transgénicos. “Yo siempre me he negado a denunciar a mis vecinos: he hablado con ellos. Vivo en Tauste y nos conocemos todos. Al final tienes que convivir e interrelacionarte”. Esa es la clave, ya que en Aragón no existe legislación al respecto. 

Pero no todo es malo, según cuenta Juan Carlos: “Se está reduciendo mucho la superficie de transgénicos en Aragón. He hablado con los vecinos y, con algunos trucos de siembra, empiezo a no ser contaminado y podré volver al cultivo ecológico”.


Alberto Lasala era agricultor convencional de maíz y alfalfa, pero no se conformó con ello porque le veía poco futuro, así que se puso una huerta ecológica. “Si un agricultor está envenenando a la gente venga a echar insecticidas y a usar invernaderos, tiene un fallo muy grande: no está cumpliendo con su función del agricultor porque no está alimentando bien a la gente”.

Sobre el uso de transgénicos, opina que “está todo pensado para conseguir dinero rápidamente. Esos productos híbridos no van a ninguna parte, no hacen más que acumular nitrógeno y agua envenenada, y no alimentan”. 

Y está convencido de que no es necesario echar mano de transgénicos, híbridos, sulfatos ni insecticidas porque según él, en Aragón “podemos producir mucho y barato porque tenemos buenos vientos, buenas aguas”.


Amelia y Ángeles Gracia son dos hermanas de Montañana que tienen huertas ecológicas. “Cultivo verdura, fruta… solamente con fiemo y agua, sin sulfatos. Lo que se cría con el fiemo, crece sin coger gusanos, pero si les echas sulfato, debajo te salen más y eso no es ecológico”. 

Aunque las dos tienen más de 70 años, son firmes defensoras de la agricultura ecológica: “Me da lo mismo que la fruta salga más fea, yo la cojo y sé lo que me como, pero si la compro en la verdulería, no lo sé”.

lunes, 22 de abril de 2013

Monsanto y su patente

“Producir más. Conservar más. Mejorar la calidad de vida.” Estos son los lemas que encontramos en la página web de Monsanto. En 1981, Monsanto empezó a utilizar la biotecnología para modificar organismos. Sus productos están protegidos por una patente, de manera que nadie puede comercializar ni investigar sobre las semillas que Monsanto ha fabricado. Monsanto defiende en su web su derecho de la patente: “Las patentes son necesarias para asegurarnos de que recibiremos el pago por nuestros productos y por toda la inversión que realizamos para desarrollar estos productos”. Según esta web, Monsanto invierte 2,6 millones de dólares en investigación y desarrollo: “Sin la protección de las patentes habría muy pocos incentivos para que las compañías privadas buscaran y reinvirtieran en innovación”.

“Ellos tienen la patente de su variedad transgénica”, cuenta Ignacio Escartín, miembro de la plataforma Aragón sin transgénicos, “y los agricultores, cada año, tienen que volverla a comprar. No les permiten guardar las semillas, mantenerlas y volverlas a cultivar; no, cada año tienen que volverlas a comprar”. Esto hace que los agricultores no puedan mejorar sus cultivos mediante la selección de semillas. Aragón sin transgénicos lucha por la denominada Soberanía Alimentaria: la definición de políticas alimentarias que tengan en cuenta el desarrollo sostenible y la seguridad de los alimentos. “Somos gente que cultiva, que vende los productos a los vecinos. Nos guardamos las semillas, rotamos los cultivos. Cuidamos del campo, colaboramos entre nosotros y nos organizamos…”, comenta Escartín.

El aumento del uso de semillas transgénicas protegidas por la patente es que la alimentación puede terminar convirtiéndose en un negocio de un oligopolio. “El problema de los transgénicos no solo es la inseguridad de los productos”, concreta Carlos Polo, técnico de Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón (UAGA), “es el control de la alimentación por parte de unas pocas empresas: tres o cuatro empresas controlan el 90% de la alimentación mundial”.

¿Y tú qué opinas sobre la existencia de las patentes?

jueves, 18 de abril de 2013

El estudio de Seralini reaviva la polémica de los transgénicos

Fotos de las ratas del estudio, de izquierda a derecha: rata alimentada con maíz transgénico NK603; rata alimentada con maíz transgénico NK603 tratado con Roundup; rata alimentada con maíz no transgénico tratado con Roundup.

En septiembre del año 2012, Gilles-Eric Seralini, profesor de la Universidad de Caen, publicó un estudio que demostraba el impacto nocivo de los transgénicos sobre la salud. El estudio de este científico francés consistió en alimentar durante dos años a doscientas ratas de cuatro maneras distintas: un grupo alimentado con maíz normal, un grupo alimentado únicamente con maíz transgénico NK603; otro con maíz transgénico NK603 tratado con Roundup –un herbicida compuesto por glifosato que mata a todos los organismos excepto a las plantas transgénicas diseñadas para soportar sus efectos-, y un último grupo, con maíz no modificado genéticamente tratado con Roundup. Los resultados fueron escalofriantes: ratas con tumores del tamaño de pelotas de ping-pong.

A partir de entonces, comenzó una batalla campal entre dos bandos: los detractores de los transgénicos, que apoyan el estudio de Seralini; y los que defienden el uso de estos productos, apoyados por el grupo estadounidense Monsanto ‒propietario del maíz NK603 y del herbicida empleados en el estudio de Seralini.

El 28 de noviembre, la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria anunció su rechazo hacia el estudio por considerar que carecía de datos fidedignos. Científicos de todo el mundo emitieron un comunicado con los aspectos criticables del procedimiento que siguió Seralini: la fragilidad de las ratas de laboratorio ‒de la especie Sprague-Dawley‒ ya que son propensas al desarrollo de tumores y el reducido número de ratas utilizadas en el estudio, insuficiente ‒según los científicos detractores‒ para hacer un correcto análisis estadístico son algunos de los argumentos que utilizaron en su contra. Seralini contestó a las críticas pero este documento también fue invalidado.

Según Ignacio Escartín, miembro de Aragón Sin Transgénicos, el estudio de Seralini es el único estudio sobre el efecto de los transgénicos realizado a largo plazo ‒dos años, que representa la esperanza de vida de las ratas. Por esta razón, según Escartín, deberían tenerse en cuenta las conclusiones a las que llega Seralini. “Los estudios que se realizan sobre los transgénicos para comprobar si se pueden sacar al mercado duran entre tres y seis meses”, explica David Herrero, miembro de Aragón Sin Transgénicos.